Tenía meses viendo desaparecer paulatinamente la publicidad privada en el metro. En esos momentos, tan íntimos como pocos, en los que se consigue puesto, uno se dedica a percibir el entorno: la viejita con la bolsa del mercado, el obrero con cara de sueño, la mamá que regaña al pequeñín en uniforme y, por supuesto, los afiches. Poco a poco habían menguando las caras de Mayte Delgado vendiendo Plumrose, de Erika de la Vega promocionando Movistar, así como las infinitas casas de bolsa, gelatina... (más...)
