Una vez en la lejana tierra de Venépolis, el tirano de turno hizo una propuesta para cambiar el contrato social que definía las funciones del Estado. Los venepolenses lo llamaban «Constitución» (al contrato) y a la propuesta la denominaban «Reforma». En ella Hugo el «Rojo» –como le decían al tirano– proponía 33 modificaciones. Sus secuaces, los «máscaras duras», sugerían 36 adicionales. El evento dividió los mares de la política: el rojo del Sí y el azul del No.
Dos años después de la madrugada trasnochada en la que la esfinge Thibisays anunció que «la tendencia era irreversible», afirmando que el No había ganado, un curioso venepolense se sentó a reflexionar en el Monte Ávilus: ¿A qué le dijimos que No aquella vez?
Tres latidos esquivó su corazón cuando se dio cuenta de la estafa del tirano. Cuatro lágrimas se deslizaron por su mejilla izquierda, el lado favorito de Hugo; su frustración aumentó.
Treinta y tres alteraciones recomendó el «Rojo». Trece de estas descabelladas sugerencias ya habían sido llevadas a cabo por «decretos tiránicos» o acciones de facto para ese momento:
Dos modificaciones para la geografía: la creación de regiones estratégicas y la aparición de las comunas.
Dos innovaciones en el rol de los guardianes: la creación de las «milicias rojas» y la incorporación de tintes carmines al ejército.
Cuatro deformaciones a la economía: la promoción de eliminación de la propiedad privada y su sustitución por la propiedad comunal, la pérdida de autonomía del Banco Central de Venépolis, la prohibición de monopolios solamente para el sector privado y la legalización de la expropiación de empresas «estratégicas». Sin contar el embargo al reino de los cachacos.
Cinco atribuciones nuevas para Hugo: modificación del período de gobierno (siempre para más), la incorporación de la recuperación de tierras por parte del Estado, la administración de las reservas internacionales en manos del tirano y mayor presupuesto para el tirano a cuenta de restarle dineros a las polis. Finalmente, aumento de poder para el gobierno central.
El pequeño venepolense recordó entonces las palabras del «Rojo» después de que la esfinge Thibisays terminara su discurso: «No se pudo por ahora, pero mantengo mi propuesta».
En aquel entonces su alegría no titubeó. Después de participar en tantas protestas y promover la desgastante campaña de boca en boca por el No, no creía capaz a Hugo de pisotear el voto de 4.504.354 venepolenses.
Desde la cima del Monte Ávilus volteó hacia el Palacio de los Capullos y en voz alta recitó:
Te maldigo, Rojo, por burlarte del demos en tu intento de kratos. Te maldigo por vender ilusiones que nunca cumplirás y por montar un teatro de democracia en la que no crees. Maldigo tu discurso vacío y a tus secuaces por convertirse en lo que criticaron, por ser la nueva rojiburgesía que se ríe de mi voto, de mis principios y de mí.
Por eso en tu reino domina la anarquía, porque creíste que nuestro derecho a elegir te lo podías quedar tú.


Amanda que excelente artículo!!! Felicitaciones!!!
un beso ami, feliz navidad venépola!!!
Muy bueno!, felicitaciones