Comer, uno de placeres más simples y cotidianos, en una cita, con familia o amigos, a todos nos encanta salir a comer.Sushi, carpaccio, rissotto, algo fancy para variar…
Pizza, nuggets, un sanduchito, algo rapidito para seguir en el ajetreo…
Arepitas, chachapas, un perro, de esas cosas que puedes hacer en casa pero nunca sabrán como los que te comes en la calle…
Desde un café hasta una parrilla, la vida social del venezolano gira en torno a la cuisine. De hecho, en promedio en nuestro país, uno gasta un poco más de 1/3 de su dinero en comida.
Siendo la comida en Venezuela un negocio tan competitivo, uno pensaría que los lugares de comida se pelearían por ser los mejores para asegurar sus ventas. Sin embargo, sales y no puedes evitar pensar: «vaya, esta gente haría más dinero si tuviese una mejor atención». Desde la cajera que mientras mastica chicle te revira los ojos, hasta el mesonero que recostado de la barra ve que le haces señas y te voltea la cara, todos están amargados.
La semana pasada fui a una reconocidísima arepera caraqueña, de esas que uno dice: «bueh… pago un poquito más pero es un lugar bonito» ¡Al cuerno! ¡Pagamos tres veces lo que cuesta una cachapa e igual nos atendieron como si nos estuviesen haciendo un favor!
Nos sentamos cerca de las mesas ocupadas para que nos tomaran la orden rápido; sin embargo, hubo que llamar-sonreír-silbar-coquetear para que algún mesonero se acercara. Una vez que se aproximó nos dijo que había olvidado las cartas, que ya estaría de regreso. Comenzamos a ordenar, cuando el hombre se nos queda viendo y con cara de «obvio» me dijo: «ya va, ya va, yo anoto comidas primero y bebidas después». Me pareció un poco rudo su tono, pero lo superé.
Vimos al señor partir hacia la cocina, y seguimos conversando, cuando se nos acerca un hombre arapiento e intrusivamente toca a mi amiga en el hombro y le dice: «Dame algo ahí pa’ come’, pues», «no señor, no tengo sencillo». Estoy en desacuerdo con que dejen entrar a gente que pide mientras uno intenta disfrutar su comida, así que llamé al primer mesonero que pasó por ahí y le dije: «Señor, creo que debería sacar a ese hombre. Es muy desagradable para el cliente que le pidan dinero mientras come. Uno se siente culpable porque puede comer», el hombre me miró de arriba a abajo y sin piedad me soltó: «yo no lo saco porque me traería problemas. Si el dueño del restaurante no quiere pagarle a un vigilante para que no lo deje entrar ese no es problema mío».

La cesta básica venezolana para marzo de 2009 es de 918,08 BsF. (426.98 USD)
Ya alterados a punto de irnos, regresó el mesonero con nuestras bebidas. Mi amiga notó que su vaso estaba sucio por fuera y tenía un pedazo de algo flotando adentro, obviamente le pide que por favor le traiga otro. Desconfiada me asomé y tal como lo pensé vi al hombre sacar el algo con el pitillo, pasarle una servilleta por fuera y devolver el vaso a nuestra mesa.
¿Qué hace uno? ¿monta un espectáculo y llama al gerente? ¿le grita al mesonero y le dice que es un infeliz? Estamos cansados de lidiar de la misma forma con la promotora del banco que detesta su trabajo, la cajera del supermercado que te lanza la lechoza encima del perejil, el taquillero del metro que te hizo hacer la cola de nuevo porque el ticket que te vendió no sirve. Uno se termina mordiendo la lengua porque no le queda de otra, no tiene más opción que quedarse ahí y lidiar con ello, porque así se va a otro sitio, probablemente la historia se repita.



[...] hay acera, hay calle», «si no hay éste, dame el otro», «si no hay libros, veo televisión», «si no me atienden bien, me la calo», «si llego». Y no nos damos cuenta de que con cada «si no hay» se van perdiendo nuestra [...]