280109_aq_cr_perasmanzanas_img1A los venezolanos nos encanta defender nuestras opiniones: hacemos protestas, marchas y recontramarchas, y esto curiosamente nos hace experimentar un sentimiento de plenitud y justicia en medio de esta marea de azules y rojos. Sin embargo, no nos gusta aceptar que el otro, aquel que no sólo no está de acuerdo conmigo, sino que está en contra de lo que yo pienso, puede tener razón.

Carlos subía de los suburbios a su trabajo. Hace ya tres años que consiguió un puestito en el Ministerio del Poder Popular para la Planificación. Estaba acostumbrado al tráfico pesado de subida a la metrópolis, pero ese día en especial notó que estaba particularmente lento. Buscó en la radio algún periodista en helicóptero que le informara el porqué de la demora, y al conseguirlo confirmó sus sospechas. La razón: los estudiantes trancaron la autopista. El tema en boga era la enmienda constitucional. El presidente había propuesto que todos los cargos públicos pudiesen ser reelegidos de manera indefinida.

Al escuchar el anuncio no pudo evitar viajar a un tiempo remoto en el que estuvo siempre de acuerdo con lo que el comandante hacía y decía. Sin duda, aquel hombre buscaba la ambiciosa meta de mejorar la calidad de vida del verdadero pueblo, aquel que tanto había sufrido durante los cuarenta años de hurto a la nación, aquel en el que Carlos había crecido. Paseó en su memoria por un tiempo que le pareció infinito, lejano y bien recordado, de elecciones, victorias y, para algunos, resurrecciones. Ciertamente, él se había beneficiado de las bondades de la revolución y la había defendido a capa y espada, pero aquello de quedarse en el poder por demasiado tiempo «para no cambiar de capitán a mitad de camino» no se le presentaba como el argumento más seductor.

Hacía un par de días, pasando por el canal golpista, se consiguió con un especial sobre un distante país llamado Zimbabue, en el que en 1987, su entonces primer ministro y posterior presidente aprobó la reelección indefinida, y desde entonces, de forma misteriosa, se mantiene en el poder. Lo impresionante no fue eso, sino que a partir de ese momento la calidad de vida de los ciudadanos zimbabuenses comenzó a decaer, al punto de no aceptar ayuda humanitaria internacional durante crisis nacionales, intentando hacer creer que todo en el país estaba normal. Sonaba terriblemente a lo mismo que decían sobre el régimen cubano. Fue ahí cuando Carlos comenzó a cuestionar si su «amor», como lo llamaba el comandante, sería suficiente para ganar su voto en el próximo y controversial mes de febrero.

Continuó inmerso en sus pensamientos hasta que el escuchó el sonido de una piedra chocar contra su parabrisas. Estupefacto, inmóvil, perplejo, se quedó por un momento. Sin darse cuenta había llegado a la boca de la protesta, y, al parecer, algún compatriota se había molestado porque le pegaron una calcomanía del «No» sin preguntarle en el vidrio, y éste, sin pensarlo dos veces, sacó medio cuerpo del vehículo para encarar e insultar al atrevido. Estaba en todo su derecho.

Gritos y piedras se veían por todos lados, y escuchó gritar: «¡Maldito, …ista tenías que ser! ¡Por eso es que no sales de abajo!, ¡seguro que no estudiaste! ¿No te das cuenta que me estás quitando mi derecho a elegir?». De pronto, un humo blanco apareció y trajo consigo confusión, adrenalina y la fuga de quienes protestaban, y a pesar de que fue mucha l

a indignación que sintió Carlos, más pudo el sentido de la supervivencia pisó el acelerador. En medio de la bruma sólo una cosa vislumbró claramente: en el mundo de esa gente no había lugar para personas como él. Siguió avanzando y dejó atrás el humo, así como la duda de si votaría Sí o No a la enmienda constitucional. Al parecer, en Venezuela las peras van con las peras y las manzanas con las manzanas.


“En los últimos 10 años Venezuela tiene un promedio de 1.4 elecciones por año”

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